Entre 1618 y 1622 algunos tribunales locales organizan una importante caza de brujas. Unas 400 víctimas, mayoritariamente mujeres de estratos sociales humildes, son colgadas en la horca, acusadas de conspirar con el diablo, estropear cosechas y embrujar o matar a personas y animales. La caza de brujas afecta a la mayor parte de la Europa occidental durante el siglo XVII. En Cataluña, los procesos se realizan en contra de la opinión de la Inquisición y de una buena parte de la jerarquía eclesiástica.